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Mr. Burns 01

Ni limites, ni fronteras

Los venezolanos no dominamos nuestro territorio actual pues lo dejamos depredar con talas y quemas despiadadas; con minería o agricultura primitivas y sin provecho; con construcciones precarias e ilegales; dejando desechos químicos mortales, y produciendo retrocesos en el saneamiento ambiental. Nacionales y extranjeros, por ignorancia, abusan del agua de riego y de los fertilizantes tóxicos. En fin, que el problema de defensa mas grave que confrontamos, el ataque mas directo al territorio, es el que diariamente se presenta a unas autoridades policiales y militares que contraatacan solo a un modo esporádico e ineficaz esta destrucción inclemente del suelo patrio. Y cuando lava los suelos la erosión provocada por las talas y las quemas, al mar senos escapa el territorio fértil, capa tras capa.

Grave igualmente es que como consecuencia de las talas y las quemas los ríos se van volviendo meras quebradas, a veces violentas. Han desaparecido durante nuestras vidas centenares de riachuelos que antes eran permanentes. Inmensos tesoros de agua dulce como son los lagos de Maracaibo y de Valencia se siguen contaminando con descargas industriales y con materias fecales de la gente y de las granjas de cerdos y de pollos. Ya comienza la contaminación humana en Guri. Ranchos, cloacas y anticultura infectan también los ríos y las vertientes de las represas destinadas al agua potable y de este modo veinte o treinta invasores enferman a centenares de miles de citadinos. Los custodios de la ley hacen vista gorda ante tan agresivo y rampante deterioro y se palpa el crecimiento de una civilización bonachona, de tolerancia hacia el retroceso social, de complicidades en los desmanes contra el urbanismo, contra el desarrollo agrícola sensato y productivo y contra la seguridad de las personas, de sus bienes y de su salud.

No hace tampoco Venezuela esfuerzos suficientes para asimilar y venezolanizar a los inmigrantes, que son rechazados en vez de ser acogidos en los sindicatos, en la cedulación y nacionalización, en la protección laboral.

Venezuela firma tratados a la ligera, no hace seguimiento de los esfuerzos hechos para recuperar y defender su territorio, despilfarra sus recursos financieros y encima se endeuda, todo sin que su personalidad y su fuerza como Nación progrese ni se haga sentir, salvo como despilfarradora aprovechable, a veces a favor de países que ni siquiera agradecen, pues parece que quisiéramos comprar simpatía haciéndonos perdonar la riqueza petrolera. Lo que en cambio hemos recibido de esos y otros países ahora en momentos difíciles ha sido más bien Shadenfreude esa expresión alemana que significa alegría del mal ajeno. “Bien hecho que pasen trabajo después de tanto pantallear”, parecen decirnos.

Las mejores fronteras de una nación son su respetabilidad y su posición económica. Las hemos tenido de vez en cuando en nuestra historia. Las venimos disipando con la misma ligereza con que despilfarramos el patrimonio nacional para no parecer pichirres. El resultado no ha dejado ni beneficios ni simpatías mientras, creyendo que defendemos los límites, nos hacemos de la vista gorda antes el real retroceso de nuestras fronteras que son invadidas con la violencia, la inseguridad y las explotaciones agrícolas o mineras ilegales.

Territorios no son sólo lo que pintan en los mapas, que no coinciden unos con otros, pues una cosa pensamos nosotros y otra cosa piensan los vecinos... o los ocupantes. Los países pueden extenderse más allá de sus límites oficiales cuando se asientan en el exterior masas de sus emigrantes, imponiendo allá sus culturas y haciendo sentir su peso político. Muy poco tiene Venezuela de eso. Por eso, debemos referirnos al territorio en sentido estricto, es decir a los espacios que consideramos propios y que nos sentimos en necesidad de defender, al estilo de los que marcan los hombres con cercas, o los Estados con tratados. Pero territorios son también aquellos imprecisos, invasivos, como es notable el de los cubanos en Miami, los barrios de extranjeros en todas partes, las colonias y zonas de influencia. Los animales y los hombres siempre están tanteando, marcando, defendiendo espacios de todo tipo, de los cuales se apropian sino son rechazados. Se quedan, cuando son mayoría o mientras son más fuertes. Desaparecen o los expulsan, cuando son pocos o débiles, cuando se hacen insoportables; y en los casos se asimilan a la cultura mayoritaria imprimiéndole, a su vez, la cultura recién aportada.

El Profesor Kaldone Nweihed, de la Universidad Simón Bolívar, ha hecho la mejor explicación de la diferencia en su libro “Frontera y Límite”. Los límites de Venezuela con la Guayana Británica fueron –y son- un aso típico: El “argumento” fundamental para quitarnos territorio era allí no había venezolanos y en cambio ya había población anglo parlante. Gran Bretaña no estaba haciendo nada extraordinario ni fuera de las costumbres del siglo XIX pues todas las llamadas potencias mundiales hacían lo mismo: Invadir como Francia en Argelia, Túnez, Marruecos o la propia Gran Bretaña, la misma Francia o Alemania en el África Sub-Sahariana y del Sur; Italia en Etiopí, Eritrea y Libia; Estados Unidos en Hawai y más tarde en Panamá, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El imperialismo no era sólo “contra razas inferiores, para civilizarlas” sino entre civilizaciones europeas, como la guerra contra los boers (Holandeses) en Africa del Sur, o la de Estados Unidos contra España con un pretexto tan fútil que se resume en los telegramas cruzados entre el magnate de Prensa Hearst y un periodista que había enviado a Cuba: “Aquí no hay guerra” cablegrafió el periodista. “No importa, mande los reportajes que yo fabricaré la guerra”. Así fue. El Gobierno Español ya había cedido. Pero la guerra se la hicieron de todos modos, porque España intentó negociar tarde y sin fuerzas suficientes, en tanto que a Hearst le convenía por negocio e influencia.

Enrique Tejera Paris

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