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Urbanismo y viviendas insalubres
La población de Venezuela es de las más urbanas del mundo.
Aproximadamente, 90% de nuestra población se califica como urbana, pero
casi 50% de las superficies urbanas se van poblando con un desorden de
tipo medieval, que opone mucha dificultad cuando se trata de la dotación
de servicios de agua y cloacas, recreación de policía y educación, de
calles. Treinta por ciento de los venezolanos tienen viviendas precarias,
“ranchos” que son signos de desajuste cultural, pero que sin propiedades y
que son objetos del comercio más implacablemente capitalista, de
“Ranchos” hay o hubo, sin embargo casi los han eliminado, reemplazándolos
con casas y apartamentos baratos. Otros países también. “Los satánicos,
oscuros barrios de Inglaterra, donde un grifo de agua y solo un excusado
muchas veces sirven a 25 familias, donde las camas las alquilan para tres
y bajo la cama duermen 2”. La situación en otras grandes ciudades era
similar. Apenas hace medio siglo grandes ciudades de Asia, América y
Europa tenían todavía vastos cinturones de miseria. Pero los han ido
dominando, sin arrasarlos brutalmente, aunque a veces generando otro tipo
de problemas, como el creciente número de “sin techo” que moran en sus
calles.
En el fondo, nuestros ranchos evitan que los Sin techo, pero no son una
solución muy costosa, no sólo socialmente y del punto de vista urbanista,
sino por su costo. El metro cuadrado de construcción de rancho más costoso
que el metro cuadrado de construcción de apartamento; además, hay en los
barrios marginales un tráfico de ventas y préstamos de la más increíble
usura, también “marginal”. Son pobres explotando a otros pobres, usándolos
como escalones para salir de su propia miseria, un sector privado
estudiando pero terriblemente usurero.
La lucha contra la vivienda precaria y desordenada la damos en Venezuela
con poco éxito. Se ha conducido, infelizmente, más por presiones de tipo
estético que con criterio social y económico. Los “barrios” molestan a la
vista, al prestigio ante extranjeros pero raras veces se oyen voces de
ayuda, de solidaridad social, cuando raudos los pasamos en las autopistas.
Pareciera ser que sólo choca a mucha gente el desorden, la fealdad y la
destrucción de la naturaleza, la cual había logrado reconquistar las
laderas de Tacagua (en Caracas) desde que el gobierno compró y prohibió
los chivos de 1946, reverdeciendo así esas tierras rojas que hoy están
invadidas y de nuevo depredadas. En los mapas urbanos venezolanos no
figuran las calles de los barrios, aún las pavimentadas y con servicios.
Se ignoran ya que una actitud de avestruces engolados parece dominar a la
opinión pública en materia de “barrios”. Sin embargo, en pocos lugares se
enseña tanto urbanismo y se ha gastado más en planificación urbana como en
Venezuela.
A pesar de todo eso y de las buenas intenciones, se ha producido una gran
farsa de complicidades alrededor de las leyes nacionales y ordenanzas
municipales de urbanismo.
Ingenieros y urbanistas municipales inescrupulosos, unidos a Alcaldes y
Concejales de la peor ralea, las utilizaron para extorsionar a los
constructores, y estos, que también se las traen, para sobornar a los
funcionarios. La ley y el lenguaje jurídico son “interpretados” por esta
gente, que ni tiene ética ni tiene preparación para entenderlos o
explicarlos, salvo para torcerlos a su favor. Es risible, por ejemplo, que
la expresión “cosa juzgada” (res judicata) pierde su necesaria condición
judicial (solo un juez puede producirla) para convertirse en “de eso no se
habla más”. Se conocen casos insólitos, como negar permisos de
construcción perfectamente lícitos con el pretexto de que los prohíbe ¡un
proyecto de Ordenanza!
Sólo los románticos parecen ver con simpatía la legislación urbanística,
tan importante. De resto, las resistencias vienen de todas partes, por
todos lados y eso, en todas partes del mundo. Entre tanto, no se impone un
plan general para los Valles del Tuy, mientras se construye sin
coordinación para esa rica extensión; y lo que pasa con respecto a la
expansión de Caracas y la ocupación ilegal e insalubre de sus mejores
terrenos (las colinas) sucede prácticamente en cada ciudad de Venezuela,
sin que ni siquiera la codicia urbanizadora haya logrado poner en marcha
planes autofinanciables de urbanismo, en poblaciones que crecen a más de
3% al año (algunas sobrepasan el 10%).
No parecen los “expertos” encontrar hoy soluciones como las de 1942 para
El Silencio. No parecen tampoco estudiar la factibilidad de soluciones ya
probadas (bien o mal) en otros países. Siempre estudiando, buscando “lo
mejor”, antes que empezar cualquier cosa aceptable. Como llueve y hace
sol, en vez de seguir los corredores sombreados de El Silencio, o las
avenidas arboladas de El Paraíso, Macuto o La Florida, siembran palmeras
que no dan sombra.
Enrique Tejera Paris |