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Mr. Burns 04

Árboles que dan sombra.

En contra del estilo en boga en el mundo (cuando ya se construían los “23 de enero” de diversos países) el arquitecto Villanueva había hecho en Maracay y Caracas dos ensayos que vale la pena reponer a la moda: La Ciudad Jardín de Maracay (1933) y la reurbanización de El Silencio (1942). La ciudad jardín era un conjunto de casas adosadas, de dos pisos, construidas en torno a un jardín o parque interior. En Maracay este ensayo inconcluso fue transformado, primero en Hotel Jardín (1934) y luego en sede de la Gobernación del Estado (1970). El doctor Ramiro Nava construyo también en La Pastora (Caracas) un pequeño grupo de casas del tipo ciudad Jardín.

En cuanto a El Silencio, siguiendo la misma teoría, Villanueva demostraba con las aerografías que la Caracas tradicional era todo arbolada en el interior de las manzanas. Cada casa, en efecto, tenia un “corral” con árboles. Si se pudieran eliminar todas las tapias, decía Villanueva, quedaría un parque privado dentro de cada manzana. Eso fue el origen de las áreas verdes recreativas y cerradas de los bloques de El Silencio. Las madres vigilarían desde sus cocinas y lavaderos a sus niños jugando en su pequeño parque resguardado. A esto agrego Villanueva otro elemento que ojalá se hubiera imitado: en todo El Silencio es posible caminar a la sombra sin mojarse cuando llueve. Se podrá dudar sobre las ventajas y desventajas de las arcadas con sus pilares, ¿pero por que no ordenar voladizos que cubran toda o parte de las aceras?

Los árboles dan sombra. Todos se lo agradecen pero los cortan o envenenan con gasolina para lograr estacionamientos. Además los venezolanos, que son tan maniáticos de la simetría en materia política, administrativa y educativa, cuando se muere un árbol de una avenida en Caracas (las Acacias, Los Mangos, Los Chaguaramos) por el contrario proceden a sembrar uno de otra especie. De modo que la hermosa simetría lograda por urbanistas como Luis Roche se va rompiendo hasta convertirse en un muestrario de árboles. Además, ahora les ha dado por sembrar árboles que no dan sombra, palmeras como las Washingtonias o como nuestros bellísimos chaguaramos que en las calles están condenados a enfermarse. Pocos piensan además, cuando siembran un árbol, en como va a crecer y donde va a caer cuando muera. Y los pinos y las altas palmeras tienen gran tendencia a caer sobre los techos… a la niña de un diplomático extranjero, yendo a su escuela en Los Palos Grandes, le cayó encima hiriéndola un coco ¡del único cocotero que existía en Caracas!

Admiramos las avenidas arboladas y los parques. Pero son pocos los que se resuelven a sembrar y menos aun los que cuidan al árbol-niño o joven. Pero la niñez y juventud de un árbol pasan rápidamente, entre cinco y diez años. ¿No vale acaso la pena de esperarlos? Hasta sin esfuerzo, solo cercándolos. En los jardines Botánicos de Caracas y Coro se ha comprobado que con solo cercar por varias décadas un terreno, se cubre de vegetación. Lo mismo ocurrió en la serranía de El Ávila, en la Quebrada de Tacagua y otras partes al dejar de talar y quemar. Sembrar es prever. Cercar, también; y, como aconsejaron los expertos venezolanos a Araba y Haití, o se crían libres los chivos o se los encorrala y entonces se puede reforestar. O chivos o bosque y agua. Pero en El Ávila en 1936 comenzaron la reforestación con árboles exóticos como Casuarinas y otras especies inadecuadas que murieron a los veinte o treinta años dejando peladas grandes extensiones de los cerros, por que no se reproducían ni producían humus ni vegetación de sotobosque. En cambio no siembran hileras de mangos, que son excelentes cortafuegos (crecen bien hasta la cota 1200) y producen, por todas partes, buen suplemento de alimento, fibra y vitaminas.

Enrique Tejera Paris.

 

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