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SER
MÉDICO ES …
“Ser
médico es ser sabio, es ser bueno, es ser ubicuo, es enseñar,
profetizar, regir, mandar al cuerpo en el lenguaje de la ciencia y
hablar al alma en el idioma del espíritu. Ser médico, en suma, es no
tan solo no dejar al hombre que padezca, sino ser su providencia
inseparable”. Así
afirmaba el maestro Francisco Antonio Rísquez cuando alguna vez fue
abordado acerca de cómo él definía nuestra profesión y en verdad, si
ya leer esa frase compromete, imagínense lo que significa tratar de
tenerla presente todos los días de tu vida.
Al
conmemorar con el Día del Médico el natalicio de otro ilustre
venezolano como el Dr. José María Vargas y cuando la sociedad nos recuerda
como dadores de vida y esperanza, nosotros, incluyéndome, pudiéramos al
menos echar para atrás la película y preguntarnos qué nos llevó a ser
lo que somos luego de un día haber sentido lo que muchos llaman
“vocación”, por no decir la inspiración divina del querer ayudar a
otros con la responsabilidad implícita que acompaña la premisa hipocrática
del “primum non nocere” (primero no hacer daño)
Ojalá
lo difícil solo estuviera en estudiar muchos años, en mantenerte
actualizado, en tratar de saber cada día más, en despertarte temprano
y acostarte tarde cuando puedes hacerlo si no estás de guardia, en
comer rápido y a veces mal, en ser el “vertedero” de quejas y
dolencias en toda fiesta o reunión a la que vas o simplemente en
apartarte de tu familia un domingo porque estás trabajando.
Ser
médico es más que eso.
Es
estar donde tienes que estar en el momento preciso y actuar de acuerdo a
tu conocimiento y tus principios. Es tratar a todos por igual sin
discriminación alguna y sin ser juez de ninguna condición humana. Es
luchar contra la soberbia como el peor pecado de todos los oficios y
entender que por mucho conocimiento que tengas nunca llegarás a saberlo
todo. Es recordar que enseñando a futuras generaciones de médicos
también se aprende. Es vencer con sencillez a la vanidad y a la
prepotencia, cuando gran parte de tu entorno vive de apariencias. Es
llenarte de fuerzas para anunciar a una madre la muerte repentina de un
niño indefenso. Es también saber decirle con vergüenza a un paciente
ávido de atención, que no cuentas en el hospital con medicamentos para
aliviar su dolor y que debe comprarlos.
Ya
reza la sentencia latina “vir bonus medicus peritus” (el médico
es una buena persona perito en el arte de curar) y ¡vaya si es difícil
ejercer con dignidad nuestro arte! Lo importante no está en que tanto
hagamos, sino en como lo hagamos sin perder de vista la conciencia
social de quienes somos y a quien verdaderamente nos debemos. Cada día
se nos presentarán más obstáculos en un país como el nuestro y en
nosotros estará la misión de no dejarnos llevar por la apatía y el
conformismo, planteando soluciones e iniciativas propias, sin esperar
pasivos a un gobierno ineficiente que menosprecia a la salud como
derecho constitucional.
Sólo
así tendremos la satisfacción del deber cumplido con la cara de
alguien que sonríe porque ya no padece o con la paz de un moribundo
quien espera la llegada de la muerte. Sólo así seguiremos conociendo
al hombre de la mano con él en todo lo trágico de su destino. Sólo así
podremos seguir sintiendo a Dios no como un ser sobrenatural que habita
fuera y lejos de nosotros haciéndonos distintos al resto de los
mortales, sino como parte e instrumento
de todo lo que hacemos, parte de nuestra esencia, de nuestra existencia
y de nuestra historia.
Daniel
Escalona Collazo

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